Periodistas frustradas


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Ríos de tinta contra ríos de sangre

Hoy, el periodismo se encuentra de luto. Ayer se dio a conocer el asesinato del periodista estadounidense James Foley, secuestrado en Siria en noviembre de 2012. El grupo terrorista Estado Islámico (EI, antes conocido como Estado Islámico de Irak y Levante o ISIS) se adjudicó la autoría de dicho crimen, publicando un vídeo en Youtube la noche del martes (prueba gráfica que fue posteriormente difundida, según informaciones del Huffington Post, a través de webs yihadistas), aunque rápidamente fue eliminada de dicha plataforma audiovisual. 

El vídeo, que puede verse parcialmente en varios medios online, muestra a un Foley vestido de naranja (con un traje similar al de los reos de Guantánamo) arrodillado en el desierto y culpando de su muerte al gobierno de Obama. Después, su verdugo hace hincapié en los ataques de EEUU en Irak y en la destrucción de las vidas de muchos musulmanes, tras lo cual decapita al periodista (parte que se ha suprimido en los vídeos actuales) y amenaza con matar a un segundo si la política del gobierno estadounidense en Oriente Próximo sigue por los mismos derroteros.

Al parecer, el detonante de tan macabro fin para los dos años de secuestro de Foley sería, según publican medios como El País, el ataque de Washington a bases del EI en Irak.

Por desgracia, ésta no es, ni muchísimo menos, la primera vez que un periodista muere en territorios de guerra o zonas sensibles de conflicto. Mali, Somalia o Irak, entre otros, han sido previamente escenario de este tipo de actos contra los profesionales de la información. Reporteros sin fronteras asegura que, en lo que va de 2014, 34 periodistas, 7 colaboradores y 12 internautas han sido asesinados a lo largo y ancho del mundo.

Periodistas piden justicia por la muertede José Couso frente a la embajada de  EEUU en Madrid en el 10º aniversario de su asesinato

Periodistas piden justicia por la muerte de José Couso frente a la embajada de EEUU en Madrid en el 10º aniversario de su asesinato a manos de militares estadounidenses.

Las razones para que las vidas de quienes cubren guerras en medio mundo corran peligro son múltiples, ya que a las bombas y tiros que amenazan a la población de dichos países (principales y más castigadas víctimas de la situación, dicho sea de paso), hay que sumarles el interés por que las atrocidades que se cometen en el lugar no se den a conocer, barbaridades amparadas en ocasiones por los gobiernos occidentales que apoyan en la sombra o públicamente bien al cacique o al “grupo de liberación” de turno, según lo que convenga para su propio interés económico o político. O crímenes perpetuados directamente por su propio ejército, bajo la excusa de liberar a una sociedad del yugo de un dictador, con los ejemplos tan palpables y mediáticos como Afganistán e Irak durante la última década. Miles de vidas reducidas a cenizas literales o eufemísticas, calificadas todas ellas como “daños colaterales” para poder ser justificadas. Hay que ser rastrero para hacerlo.

En otros casos, el interés por esconder la situación proviene de los gobiernos del lugar o de los combatientes de uno u otro bando, ya que el dar a conocer algunos actos concretos podría provocar la eliminación del apoyo occidental, sin el cual sería bastante más difícil luchar para perseguir sus fines. Y, finalmente, otro peligro palpable para los periodistas es que se conviertan en moneda de cambio para que sus gobiernos negocien con sus raptores. La pluma se convierte en víctima de los rifles.

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En la pirámide de admiración que me merecen los profesionales del gremio que llevan a cabo su labor con honestidad y convicción por contar lo que pasa éticamente y con la mayor objetividad posible, los periodistas de guerra han ocupado desde siempre la cumbre. Me fascina su capacidad de sumergirse en el lugar, de amalgamarse con la realidad, de hacer frente al miedo que instintivamente puedan sentir para que el mundo sea consciente, pueda saber lo que la condición humana es capaz de hacer. Admiro profundamente que, por encima de todos los peligros, nos hagan llegar la información. Y que muchos conviertan todo ese sentir en una forma de vida.

Obviamente, y como ya he dicho antes, es evidente que los que más sufren con los conflictos son los propios habitantes de la zona, que día tras día, semana tras semana y mes tras mes, tienen que vivir en ese ambiente hostil, y que después de que una guerra termine, tendrán que tratar de reconstruir sus vidas sobre los escombros provocados por tanta barbarie. Pero me gustaría creer que la labor de los periodistas que han arriesgado su vida ante tanto despropósito humano, ha servido, aunque sea mínimamente, para que la lucha cese, para que el mundo alce la voz y diga “basta ya”. 

Me gustaría creer que los asesinatos de profesionales como James Foley o José Couso (el crimen en este ámbito más grabado en las retinas de nuestra sociedad en los últimos años), muertes que nunca debieron de producirse, hayan tristemente provocado el resurgir de nuestras conciencias. Porque en este mundo mediatizado, lo que no se ve, no existe.Y ellos y tantos otros, crean esa fotografía para nosotros. A todos ellos mi más sincero respeto. Humildemente, este artículo va por vosotros.

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Putas por defecto social

Sábado noche. Nos hallamos en una discoteca cualquiera, en una ciudad europea cualquiera. Jóvenes más o menos arreglados bailan, hablan y ligan entre sí. En algún punto de la barra, un grupo se dispone a pedir unas copas. Y en medio de una conversación intrascendente sobre la música o la aglomeración que hay, uno de ellos suelta: “Este sitio está lleno de putas”.

El argumento sobre el que basa dicho comentario puede ser de lo más variopinto: desde la longitud de las faldas o los vestidos hasta el hecho de que considere que se hayan acostado con “muchos tíos”. Una chica soltera con una vida sexual activa. Uau.

Algunos de vosotros pensaréis que he exagerado un poco con esta situación “ficticia”, pero estoy convencida de que a muchos otros no os ha extrañado; es más, os suena familiar, bien por haberla escuchado o bien por haber participado en alguna conversación parecida. Y es que es una triste realidad del siglo XXI el juzgar a una mujer siguiendo unos cánones tan obsoletos que duelen especialmente en boca de personas jóvenes. Sigue leyendo


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“Feminismo” encorsetado del siglo XXI

Hoy, 8 de marzo, es la página marcada en la agenda mundial para “celebrar” el Día Internacional de la Mujer. Una jornada en la que todo el mundo enarbola la bandera feminista por doquier y se llena la boca con un discurso que aboga por la igualdad entre ambos sexos. No importa si el resto del año dicha persona no haya sido precisamente un ejemplo en lo que a igualitarismo se refiere; este día, el político de turno alabará la labor de la mujer a lo largo de distintas generaciones, los líderes sindicales subrayarán la necesidad de seguir rompiendo barreras y muchos se manifestarán para defender la igualdad de derechos. Todo muy bonito. E hipócrita. Sigue leyendo